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¿Cuántas primaveras te quedan para sentar la cabeza?

Acaba el invierno y la sangre de nuestro cuerpo, que se había congelado por el frío, comienza a fluir animosamente hasta alcanzar el punto más lejano de las extremidades. Brillo del sol, luz en los ojos, lucen las miradas. Fascinación segregada ante aquello que parecía inerte. Inhalaciones profundas, llenas de oxígeno. Labios que se estiran en busca del sabor de las sonrisas. Disponibilidad total del gusto por la felicidad. Contacto, gozo, disfrute. Vida, en todo su esplendor.

La estación de las flores brota de nuestro cuerpo, nace en nuestras almas: la primavera, la sangre altera. Aunque no existe ninguna prueba que confirme tal aseveración, el ser humano evidencia, año tras año, primavera tras primavera, que algo diferente sucede en su interior. Según la Real Academia Española, ‘alterar’ significa “cambiar la esencia o forma de algo”. Además, sus segunda y cuarta acepciones aportan connotaciones negativas a dicho término, tildándolo con verbos como “perturbar, trastornar, inquietar”, o “estropear, dañar, descomponer”. Sin embargo, para el psicólogo Manuel Fernández Blanco, “cuando las personas se preguntan si la primavera condiciona sus conductas, la primera idea que les viene a la cabeza está relacionada con los comportamientos sexuales”. Aunque resulta incuestionable el aumento de alergias o trastornos como la astenia primaveral, la tercera entrada del diccionario, “enojar, excitar”, explica mucho mejor la concepción que estos meses suponen para el hombre y la mujer. Las teorías científicas a menudo se apoyan en fórmulas empíricas y, pese a que la cuestión planteada pueda entenderse como un fenómeno químico entre los individuos, un hecho tan ligado a la naturaleza humana debe huir de la ciencia para fiarse de sus propias experiencias.

Fernández Blanco afirma que existe “una distancia” entre el hombre y los animales en cuanto al disfrute corporal desde el momento en el que entra en juego la palabra, el razonamiento. El biólogo Pedro Galán explica, además, las diferencias entre el “proceso de selección sexual” llevado a cabo por unos y otros. Un animal, al contrario que una persona, no elige de forma premeditada con quién quiere procrear, “tan solo observa que su par se encuentre sano”, apunta.

Con la flecha clavada en el amor y el fundamento anclado en el sexo, Cupido lucha contra el instinto animal para poner puntos y acentos sobre las íes, porque la conciencia humana permite ir más allá de la simple tarea de perpetuar su especie. “Cualquier relación sexual debe versar en el compromiso de un apareamiento amoroso, indistintamente de la estación en la que nos encontremos”, suplicaría el dios del amor.

Los datos proporcionados por el Instituto Galego de Estatística indican que, en los últimos doce años, mayo se convirtió en seis ocasiones en el mes con mayor número de alumbramientos en Galicia. La situación en la provincia de A Coruña fue la misma. Las parejas manifiestan así una mayor predisposición a concebir a las criaturas a finales de las vacaciones de verano, en torno a agosto. Así que se podría decir, por tanto, que el culmen del amor de la pareja gallega germina en primavera, cuando la sangre altera. Cuando, ambos, se comprometen a sentar la cabeza.

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