
Vaya faena
Estoy preocupado por esa manía que tiene la gente de ahondar en el dolor ajeno de forma gratuita. Parece como si el sufrimiento no constituyese suficiente motivo para dejar en paz a las personas. Cuando creen haber superado ese estallido inicial de dolor, siempre aparece alguien que vuelve a recordarles sus emociones más amargas.
Resulta que siempre terminan por cambiarme el guión. Días tras día, a las tres en punto de la tarde, me sirven en plato frío la fatalidad de los accidentes ocurridos en la carretera. Supongo que llega un momento en el que el cuerpo se acostumbra a bi-digerir, aunque otros prefiramos alimentarnos del zapping. En cualquier caso, siempre acaba por llegar ese día. El día en el que te espetan con un comentario que te deja estupefacto. El día en el que alguien se viste de torero para dar la estocada definitiva y ganarse las dos orejas, aunque a muchos nos estallen los oídos.
El impulso de zapear desaparece. Sueltas el mando y tratas de tú a tú a la tele. Le dices que basta ya de meter las narices en un problema con demasiados problemas. Que ya vale de tantas bromas sobre algo que no admite bromas.
Es curioso que este tipo de declaraciones provengan de alguien que utilizó las mismas medidas preventivas para frenar una lacra de tal magnitud. Si pretende que no conduzcan por él, esperemos que al menos sí reconduzca sus comentarios, pues no sé si existe una función para un ex presidente del gobierno, pero probablemente no sea la de añadir más gasolina a un incendio que ya ha cobrado demasiadas víctimas mortales.
Lo que me sorprende es que después de su faena, el torero no salga también con el rabo. Entre las piernas, claro.