
Hostel, un día cualquiera
14/01/2012Nunca pensé que las horas se me pasarían tan rápido en un trabajo. Dicen que las noches dan para pensar mucho, que no se te pasa el tiempo… pero lo cierto es que, desde que empecé a trabajar en el hostel apenas miro el reloj: aquí, lo mismo charlas con un portugués y dos austríacos sobre fútbol, que con una italiana y un alemán acerca del amor, que con dos bielorrusos sobre política… Aquí, lo mismo les cuentas tu vida en Francia a dos suizas, que lo mismo te cuentan dos koreanos cómo pasan el día a día en su país, que lo mismo conoces por primera vez a un uzbeko que ni siquiera vive en Tashkent… Aquí, da lo mismo. De pronto ya son las 6.50 de la mañana y aún te pasas cinco minutos más hablando con un anciano de Liverpool (que él mismo se te acerca, te da la mano y se presenta como Peter) y te cuenta una historia que te deja maravillado…
Y yo en estos momentos es cuando más adoro este mundo, porque mientras sonrío pensando en todas estas conversaciones, de repente veo a Peter, boina en la cabeza y bastón en mano, enfrascado en un generoso abrigo dispuesto a recorrer el río Spree porque, simple y llanamente, quiere verlo de noche. Y yo en estos momentos es cuando más adoro este mundo, porque tras pasar por la puerta todavía tiene tiempo para regalarme un alegre adioush.
Eres increíble. El mundo es de los que lo saben disfrutar